martes, 20 de octubre de 2009

El dorsal siete juega en la séptima jornada de la liga su juego 711 ó Tres tristes tigres en multitud



“El deportista sabe lo que le hace feliz y lo que le vuelve loco, y también sabe cómo reaccionar en cada caso. A su manera, es un auténtico adulto. Y precisamente por eso, le sería casi imposible ser amigo tuyo”.
Richard Ford. Periodista deportivo.


Puerta 35. Vomitorio 109. Fila 14. Sábado 17. La calefacción del estadio aún no funciona. Es muy pronto para sentir frío. El Real Valladolid desembarca, vulgar, en el césped de Bernabéu. Ese uniforme violeta, ese tufillo de segunda división que arrastran sus camisetas contrasta con la ostentación de su oponente y provoca una secreta, y muy silenciosa, solidaridad.

La séptima jornada de la Liga está por comenzar. El capitán hoy manda más que nunca sobre su once marinero. No más sonar el silbato, Raúl González, el dorsal siete de los merengues, celebrará su partido número 711 con la camiseta del Madrid. A eso hemos venido. A eso, y nada más.

La grada gira cual bola disco. El dorsal siete avanza con sus modos de garza. Levanta el brazo en un tiempo demorado, un tiempo que ocurre dos veces. Sí, dos. Una primera y obligatoria, la que ocurre ahora; luego una segunda, más reñida con la posteridad. Ocho y cinco minutos. El partido comienza y algo ronca bajo tierra. Es el timbre anónimo de los coros y los linchamientos.
En el ambiente arde una acupuntura. Algo propicia una erótica del tumulto. Esa forma de existir, también doble, del individuo y la multitud. El capitán escucha la ovación. Da carreras de potro ante las cámaras mientras existe dos veces en cada gesto. El que ha hecho y el que será recordado.

Entre los ochenta mil espectadores que hoy ocupan su localidad, Zidane y un Cristiano Ronaldo lesionado despachan, invisibles, como Dioses, en algún palco omnipresente. El aforo es un álgebra célebre, un ábaco galáctico. Los dos hombres más caros de la historia del Madrid, y del fútbol, están ahí, prendidos en alguna butaca del Santiago Bernabéu.

El capitán abre el marcador y tira de la tarta con un remate de pie izquierdo. Uno a cero. Una mujer de mandíbula salida y lengua tabernaria da voces desde la tribuna. “Sois una mierda, sois unos hijos de puta”, grita la moza con el labio caído y el cigarro encendido. De cuando en cuando, algunos de sus hijos o el marido, o todos a la vez, comen con desgana una pipa. La hacen estallar perezosamente, como diciendo: Sí, ya. Nosotros tampoco queremos tenerla al lado.

Al primer tanto, siguió otro, un clásico del Capitán según los entendidos: remate con la derecha tras seguir a una asistencia de Marcelo. La noche en que celebra su juego número 711, el capitán patea la pelota y la encaja en la red cual palabrota. A callar todo el mundo. No es un vejestorio. Es el cuarto mejor anotador de la historia de la Liga.

Pero a los veinte minutos del primer tiempo, el dos a uno ya no entusiasma ni engríe. El Madrid se desplaza por la banda. Xavi Alonso gira cual trompo sin conectar con Diarrá; Ramos sube demasiado y Benzemá se hace invisible. Nauzet, vistiendo de Pucelano, marca un tanto en el minuto 29. El equipo visitante ha roto el marcador y otro partido surge de la nada.

Los ánimos se sobreponen, se rizan grotescos y bufos. Andan por ahí con ese no sé qué de multitud, algo hosco y a la vez tierno, como debían resultarle los familiares de la provincia a la nobleza. El holandés Drenthe y Diarrá calientan a un lado del campo. Un hombre repara en ellos con exagerada atención. Da un par de caladas a su ducado y espeta, refiriéndose a los jugadores: “Que esto parece Cadiz a la tres de la mañana… Esto es un cayuco lleno de negros, ¡jode!r”. Da la impresión de que ha visto negros muy pocas veces en su vida, o al menos eso parece, porque no para de comentarlo. “¡Es un autobús de senegaleses!”.

Aunque poco le dura al voceador su asombro y se incorpora rápida con otra consigna más atractiva que ensayan ahora los Ultra Sur. “Laporta, cabrón, España es tu nación”. La mujer de dentadura voladiza, poseída desde hace 30 minutos, desanuda la bandera que lleva de delantal y grita contra el presidente azulgrana, recientemente retratado, cual draculino nacionalista, antorcha en mano, llamando a la sublevación catalana contra la opresión española. Y Olé. Que lo dice el presidente del Pep-dream-team. Vaya forma de abaratar una campaña política. Aunque eso, de momento, me trae sin cuidado.

El estadio canturrea. Se comporta sólo como sabe, y debe, hacerlo. Con hombres existen dos veces. Hombres historia, como el capitán. Hombres multitud, como nosotros. Unos existen para la posteridad, otros para congregarse. Un disparo frontal de Marcelo sube a 3 el marcador y cierra un purpurino primer tiempo.

Llegan a su fin los primeros 45 minutos de un capitán que timonea balones y los descose contra las redes. En la noche del 17 de octubre de 2009, el Bernabéu se atraganta. Las botas del capitán brillan más de lo normal. Lógico, ¿no? Ser el fútbol setecientas once veces ya es motivo suficiente para mudarse al Olimpo o venir de visita. Así son los hombres. Viven dos veces, cada quien de su lado de la grada.

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