viernes, 18 de agosto de 2017

Barcelona, sal y guayaba


La primera vez que llegué a Barcelona, me pareció que la ciudad olía a guayaba caliente y combustible. O eso me dio por pensar. Un aire pegajoso y familiar se apropiaba de las cosas. La humedad en la piel, el tapón entre las cejas, la presión en la cabeza y un dulce mareo de aterrizaje. Di tumbos dentro de un autobús. La pista del Prat iba y venía, como un empujón de bienvenida. 
Había llegado a una ciudad de costa. Un lugar de mar y montaña. Un sitio salado que me hacía sentir más cerca de casa. En aquel entonces, infeliz, pensaba que aquella era una palabra definitiva. Pensé que, desde ese momento y hasta que la olvidara, aquella sería una ciudad perfecta. A ella podía huir si las cosas en Madrid salían mal. Tenía una sola razón para creerlo. Una. En Barcelona, para ser pez, nadie te pedía que vinieses del mar.

En Barcelona, para ser pez, nadie te pedía que vinieses del mar.

En Barcelona las cosas podían ocurrir como en los sueños: con los ojos cerrados y sin explicación, pensé. Cuadrículas y esquinas chaflán, luego un semáforo. Cuadrículas y esquinas chaflán, luego otro semáforo. Y aunque cada manzana me parecía la misma, entre una y otra, se levantaban fachadas absurdas, acontecimientos extraordinarios. Las aceras lastimaban lo justo y las calles parecían venir de otro lugar.
Me parecía que los edificios se inflamaban, perdían su forma ganando otra mejor. En lugar de fuentes, crecían lagunas de mosaico. Todo me pareció Gaudí y su bate en la mano, golpeando techos y abollando ventanas. Caracoles y lagartijas se deslizaban por las columnas mientras La Sagrada Familia vivía de su propia intemperie. La ciudad era un arrecife alucinado. Hoy la veo de otra forma. Pero aquel día todo me pareció excepcional. Una inyección de algo indescifrable, que hoy se ha sedimentado a causa de los muchos viajes. Es la ciudad libro, así que todo me lleva allí. Pero entonces, todo era distinto. 

Eso pensó la que recién descubría Barcelona, la ciudad donde nació mi padre. Tenía 25 años, ahora cumpliré 36.

En la parada de un autobús cuyo número desconocía, miraba las lozas marinas del Paseo de Gracia, esperando a que una ballena reventara el cemento y tumbara las farolas -en mi libreta de 2008 escribí tumbar, ese verbo no del todo inocente-. Caminé como pude: un pie tras otro, con la velocidad de las pesadillas gustosas. Si invadía el carril, un ciclista me arrollaría con su bici roja, pensé. Pero si traspasaba la línea, tropezaría con los periódicos del quiosco. Moriré de gusto, al pie de esta mañana sin frío, pensé. O mejor dicho, pensó la que llegaba a España. La que recién descubría Barcelona, la ciudad donde nació mi padre. Tenía 25 años, ahora cumpliré 36.

Ese día brillaba el sol y no llevaba abrigo. Encontré un mar de baldosas y palomas pulgosas sobre mi cabeza. Y quizá por eso, en la terraza del Parc Güel, me sentí más cerca de casa. Ahora, claro, ya no necesito tal cosa como una casa. Entonces sí. Por eso Barcelona fue un hogar. ¿De dónde provenía todo cuanto veía? Del mismo lugar del que venía yo, ese sitio donde nadie te pide que seas un pez para venir del mar. 

Por eso Barcelona fue un hogar. ¿De dónde provenía todo cuanto veía? Del mismo lugar del que venía yo

Hoy, años después, me duele el paredón en el que la han convertido. La ruleta rusa de quienes matan.Me da igual la fe; con o sin ella, matan.  Trece muertos y al menos cien heridos. He crecido con Barcelona, en la distancia. He domesticado mi soledad y mi locura recorriendo sus calles. Acaso porque es el único lugar que huele, por alguna razón, a sal y guayaba, la fruta agusanada del lugar que siempre ruge dentro de mí. 

Hoy Barcelona, como las frutas que estallan, está herida. Yo también. 

Sí, yo también. 




jueves, 10 de agosto de 2017

Tienen mis deseos por término este banco de piedra

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De pie sobre un banco de piedra, pienso en algunas cosas. Las cambio de sitio. Las corto en trocitos y alimento con ellos a las pirañas. De pie sobre un banco de piedra, el vértigo se busca la vida. Se asegura un lugar más útil de donde tirarse. En resumidas cuentas: de pie sobre un banco de piedra se piensan muchas cosas. Ésta una de ellas.

He leído mal todo este tiempo a la pastora Marcela. Quizá hasta hoy, la percibí solo como el prodigio de un alegato feminista. La piedra de una antigua lucha en la que, hasta entonces, pocas mujeres reventaban cristales. Marcela es la cólera de Aquiles para quienes nunca pudieron cantarla como propia. Las mujeres en la literatura habían sido hasta entonces objeto de rapto o deseo; la causa por la que se inicia una guerra. El remanente de la serpiente y la manzana, en otras variantes que la pastora de Cervantes interrumpe.  Sin embargo, aun siendo ese prodigio, Marcela es algo más.
Marcela defiende su derecho a la desafección a la vez que exige en el otro el gesto adulto de hacerse cargo de sus propios pajaritos preñados
La contestación de Marcela al asunto de Grisóstomo, aquel infeliz muerto con su canción de agravio y amor no correspondido, va más allá del sexo de quien lo pronuncia. La pastora Marcela, que nació libre y por eso elige la soledad de los campos, blande su derecho a no querer, a marcharse, a desairar e incumplir, a la vez que exige en el otro el gesto adulto de hacerse cargo de sus propios pajaritos preñados. Existe, en un mismo alegato, la defensa de dos libertades elementales: la de admitir el desengaño como responsabilidad del que eligió creer y la que ejercen quienes se dan la vuelta.
Bien dicho está aquello de que a Grisóstomo antes le mató su porfía que la crueldad que atribuyen a Marcela.
Bien dicho está aquello de que a Grisóstomo antes lo mató su porfía que la crueldad atribuida a Marcela. La pastora defiende el derecho al desapego, a la desafección. Y además obliga a quien la lee a colocarse en la baldosa floja de la verdad: ser querido no es un derecho, el mundo y quienes lo habitan no están obligados a permanecer en las vidas de otros. Toda derrota,  acaso todo desamor y abandono, es la huella de un tránsito para que el que debimos tomar precauciones.

De pie sobre un banco de piedra se piensan muchas cosas. Que amanecen mal las lentejuelas, por ejemplo. Que la claridad arponea. Que no era eso, sino lo otro. Que no era aquí, era allá. Y sin embargo me pregunto: siendo legítima la desafección de Marcela, adónde van a parar los agravios cuando se revelan como tales. Puede, quizá, que a los bancos de piedra o por qué no, al lento desaire de las farolas, los puntos y comas, las sillas vacías y los patios interiores.
 Sí, lleva razón Marcela. Se piensan muchas cosas sobre un banco de piedra. Muchas.
“Quéjese el engañado, desespérese aquel faltaron las prometidas esperanzas”. Lleva razón Marcela. Suficiente como para haber vivido 400 años. "Tienen mis deseos por término estas montañas". Sí, lleva razón. Se piensan muchas cosas sobre un banco de piedra. Muchas.

domingo, 23 de julio de 2017

Un poco por no morir



Nadie regresa vivo de una promesa rota. Acaso porque en todo incumplimiento hay una muerte. La de quienes fuimos mientras creímos. El lugar al que van a parar los deseos, tiroteados por la verdad: las personas que no fueron o las que no llegamos a ser; los países y los hogares que se derrumbaron. La vida, como los puertos y los barcos, despide. Concede destino, pero antes obliga a morir. Y ésta, como toda historia de amor, es también una historia de fantasmas (*).

La vida, como los puertos y los barcos, despide. Concede destino, pero antes obliga a morir
Madama Butterfly es la primera ópera que conservo en mi memoria. Mi madre la escuchaba en su habitación, a un volumen exagerado. Nunca entendí ese gesto ruidoso, que en nada tenía que ver con su tendencia al silencio. Me tomó años comprenderlo: hacerlo le concedía libertad. Como si en cada uno de los tres actos, mi madre levantara una república, un territorio propio: nudo y desenlace de sí misma. Madama Butterfly  fue, también, la primera ópera que vi y la primera que compré cuando me fui definitivamente de casa. Todavía la conservo. Es una grabación de la Callas con la orquesta y el coro de La Scala. Desde entonces me acompaña, soplando con su fuerza ese mar sin viento. Cumplir años, transformarse, es también una forma de desengaño. Un barco de guerra, atracando.

Y aunque hemos visto juntas muchas óperas, Madame Butterfly no volvió a reunirnos en un patio de butacas desde entonces

Veinte años separan la primera función de Butterfly a la que me llevó mi madre y ésta a la que acudimos en el Teatro Real. Y aunque hemos visto juntas muchas óperas, Madame Butterfly no volvió a reunirnos en un patio de butacas desde entonces -quizá intenté rebelarme de aquel apresto, no sé-. Entre aquella y ésta, en la que la soprano Ermonela Jaho se despelleja y nos despelleja con su voz, se reúnen las muchas versiones que mi madre y yo hemos sido al escuchar la ópera de Puccini. Si de algo sabe la Jaho es de dejar de países atrás. Acaso por eso nos reunimos, las tres, en el país que funda su voz. Cuando mi madre me llevó a ver Madama Butterfly por primera vez,  parecía que las cosas durarían para siempre. Y no fue así. Se esfumaron muchas, entre ellas el imponente telón de Jesús Soto que desapareció del Teresa Carreño; de la misma forma en que lo hizo el país que construyó aquel teatro. Pero, ya se sabe, la vida incumple.

A medida que me he hecho mayor, he comprendido la ópera de Puccini como una historia de amor y poder; ambas, a su manera, formas sometimiento

Comprendo la ópera de Puccini como una historia de amor y poder; ambas, a su manera, formas sometimiento. Ambientada en el conflicto colonial de finales del siglo XIX entre Estados Unidos y Japón, la historia de ese avasallamiento toma forma en una tragedia protagonizada por Pinkerton, un oficial de la marina americana destinado en Nagasaki, y Cio-Cio-San, una hija de un samurai que cometió seppuku. La orfandad la obligó a abrirse paso como geisha.  Gracias a las leyes matrimoniales japonesas  -el abandono equivalía al divorcio-, Pinkerton enamora y toma por mujer a Cio-Cio-San en una boda arreglada. La joven quinceañera asiste convencida de que el enlace durará para siempre. E incluso, para ser una buena esposa americana, renuncia a la fe de sus ancestros, aunque eso le valga ser repudiada.

Todo va a salir mal y lo sabemos. Nos lo dice el coro. Nos lo dice ese dúo del primer acto –Vogliatemi bene-, que aun me resulta bello por terrible

Todo va a salir mal y lo sabemos. Nos lo dice el coro. Nos lo dice ese dúo del primer acto –Vogliatemi bene-, que aun me resulta bello por terrible. Ese momento en el que se superponen en direcciones opuestas dos voces, dos sentimientos : el de una joven que más que declarar amor lo suplica y el de Pinkerton, que insiste en la urgencia de poseer. El tiempo transcurre. Pinkerton se marcha... y su larga ausencia marchita las esperanzas a su paso. Vestida cual esposa americana, Butterfly aguarda. Cree, o insiste en creer que él regresará.  Así se lo hace saber a la fiel Suzuki en Un bel dì vedremo; y de la manera más terrible: con la fe de los que ya saben perdedores. Un bello día veremos, levantarse un hilo de humo, en el extremo confín del mar, canta Cio-Cio-San. 

Lo hará escondida. Un poco por broma, y un poco, por no morir nada más verlo, dice la infeliz. Esperará oculta Cio-Cio San… ¿en cuál versión de su escarmiento? 

En el confín... del mar. Así ha de aparecer la nave de Pinkerton; o al menos así confecciona la japonesa su ensoñación. Ella, que se imagina escondida en lo alto de una colina, esperará la llegada del teniente. Lo hará escondida. Un poco por broma, y un poco por no morir nada más verlo, dice la infeliz. Esperará oculta Cio-Cio San… ¿en cuál versión de su escarmiento? Todo esto pasará, te lo aseguro, dice a Suzuki. Él volverá.  Y sí: Pinkerton vuelve… con su esposa americana. La japonesa, desengañada y madre de un hijo fruto de aquella noche que anunciaba tragedia, decide renunciar a todo: porque lo ha perdido todo. Con honor muere quien no puede seguir viviendo con honor. Comillas del libreto que separan la entrada y salida de una espada

Acaso por eso yo me estremezco en  Un bel dì vedremo y ella en Con onor muore; porque sabe, mucho antes que yo, que la vida incumple
Para aquellos que enloquecen, que buscan el amor de alguien más con la misma fuerza de quienes se despeñan detrás de una vocación o un lugar mejor, todo incumplimiento es una muerte. Lo es. Así como Cio-Cio San pierde a su hijo, Ermonela Jaho podría perder la voz. Es desde ese dolor desde donde canta, dice ella en una entrevista la víspera de la última función. A la Jaho la llaman la nueva María Callas. Yo, en realidad,  veo a una mujer de ojos enormes que lleva años intentando ser quien es: desde que salió de la Albania comunista hace ya casi 20 años hasta hoy . Quizá por eso su voz riega ese lugar al que van a parar las emociones cuando se apagan las luces en el patio de butacas. Quizá por eso, nos escondemos ahí… un poco en broma, y un poco por no morir, mi madre y yo. Reunidas en las versiones que hemos dejado atrás. Acaso por eso yo me estremezco en  Un bel dì vedremo y ella en Con onor muore; porque sabe, mucho antes que yo, que la vida incumple. Y ésta, la que hemos venido a escuchar esta noche, es también una historia de fantasmas. Las versiones de una y otra, caminando de regreso hacia una casa, al otro lado del océano.  Ese  mar que concede destino, no sin antes obligarnos a morir.

(*) Así tituló D.T Max su biografía de David Foster Wallace. 
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domingo, 16 de julio de 2017

No seas idiota, piensa en el país



Aquella bandera de Venezuela la compré un 11 de abril de 2002. Lo hice en la autopista Francisco Fajardo, a la altura de la base aérea La Carlota; ese lugar en el que mueren civiles y militares. El sol apretaba. Once de abril. Íbamos hacia la muerte, aunque ya vivíamos en ella. Hoy, 16 de julio de 2017, en Madrid -la ciudad en la que vivo desde hace 11 años-,  miro aquella  insignia como si fuera una cicatriz.

Tiene siete estrellas mi bandera. No las ocho que ordenó Hugo Chávez, por aquello  de incluir Guyana, nuestra provincia ultrajada. Aunque ésa, claro, es otra historia . La mía, mi bandera de lona que hoy  he anudado alrededor de mi cuello, la compré a las dos de la tarde en la que murieron 19 personas. Diecinueve venezolanos que nadie recuerda.

Tiene siete estrellas mi bandera. Hoy, 16 de julio de 2017,  la miro  como si fuera una cicatriz. 
Los seguí a todos, a los 19. Tenía que hacerlo. Mi tarea era levantar el informe de uno en particular. El de Jorge Tortorza, fotógrafo del diario 2001, asesinado en la avenida Baralt de Caracas por un disparo de revólver calibre 37, al menos eso decía el informe de la Fiscalía. El dato era falso. El proyectil era un nueve milímetros. Un arma  automática: de militar. El dato no era inocente. Que la policía –de un ayuntamiento opositor, entonces- fuera responsable de aquella muerte, quedaba mejor. Escondía cosas.

Aquel 11 de abril del año 2002, la oposición ponía en escena –mise à mort- su primera marcha pirómana para pedir la salida de Hugo Chávez del Palacio de Miraflores. Lo recuerdo: todo salió mal. Nos faltaba todavía muerte y  escarmiento -¿podríamos, por Dios, aprender a ser país sin abonar la tierra?- para saberlo. Entonces yo no entendía nada.  Tenía 20 años y acababan de contratarme como asistente de investigación para levantar aquella  carnicería . En  mi país... la muerte, debo decirlo, ocurre al peso. Nos apilamos, como promesas incumplidas.

En  mi país la muerte, debo decirlo, ocurre al peso. Nos apilamos, como promesas incumplidas
De ahí salió un libro excepcional (escrito por mis maestros de verdad, gente que se la jugaba en el oficio) que me sacó de la juventud a puntapiés y me hizo mayor, aunque yo no lo supiese. De Tortoza, aquel fotógrafo del que he hablado en los primeros párrafos,  debía saberlo todo: cuando y cómo murió; quiénes lo vieron morir y cómo; la última llamada telefónica. A algunos a  quienes entrevisté en aquellos años los mataron a tiros, como a perros. No podrían repetir lo que yo escuché, con la quijada rota y la libretita de caligrafía cursi.

Hoy es 16 de julio de 2017. Al extender como un mantel aquella bandera, al examinar aquella tela que compré el día de la muerte de Jorge Torotoza, siento algo que no cabe en ningún órgano de mi cuerpo. Experimento una locura parecida a la fecha en que perdí la razón y empaqué mis cosas; la misma en la que metí esa bandera en mi equipaje. Con mi maleta crucé el Atlántico, ese mar donde la gente sólo se dice adiós. Hoy, casi 20 años después, tocándola, leo el braille de quien fui. De quienes fuimos. 


Hoy, casi 20 años después, tocándola, leo el braille de quien fui. De quienes fuimos. 

Yo tenía 20 años y el corazón limpio de los que creen.  En ese tiempo me hice periodista a la fuerza, aunque copiara a Juan Villoro con descaro y sin talento. En aquellos años, llegué sin entenderlo a los pasillos de la policía política para entrevistar a gente que ya no existe. Subí cerros. Conocí Catia. Y Petare. Y Cotiza. Me redimí. Dejé de ser la rubia de los jesuitas. Fui al encuentro del país que durante años ignoré. Hoy, tocando esta bandera, me pregunto dónde están todos los países que he conocido. ¿Dónde?

Hoy es domingo. Un 16 de julio de 2017. Quince años separan una bandera de otra, aunque sea la misma. Años, y muertos, y vejaciones, y padres sin vejez, e hijos sin tierra, y muertos sin justicia. El sol aprieta. El termómetro marca 40 grados. Y como aquella tarde del 11 de abril, llevo puesta mi bandera de siete estrellas sobre los hombros, anudada como una capa inútil al cuello. Mientras subo por la (madrileña) calle Goya, esa avenida de tiendas que tanto odio, me escuece el corazón. Me puede el calor. Algo en mí se quema. Quizá sean las siete estrellas  o el país que me olvida, que me escupe, que me expulsa, como la espada baja en el lomo de las bestias.

Hoy es domingo. Un 16 de julio de 2017. Quince años separan una bandera de otra, aunque sea la misma. 
Al llegar a Príncipe de Vergara, he dejado atrás a cientos de venezolanos que quieren votar. Pienso en los casi cien que han muerto en menos de dos meses en esa  ciudad a la que hace años no regreso. Toco en el bolsillo del pantalón mi cédula venezolana, que se he sacado de una caja escondida en el armario.

No seas idiota, piensa en el país, dijo la más bella de la suicidas: Miyó Vetsrini, aquella poeta comunista que se cortó las venas cuando yo tenía diez años. Olisqueo las esquinas como quien busca una bonita azotea desde donde tirarse. Toco mi bandera. Subo una calle con escaparates y maniquíes sin cabeza. No seas idiota, piensa en el país. Me repito. El semáforo, al fin, ofrece su concierto de  pajaritos magnetofónicos. Avanzo con lentitud. Han de ser mis muertos  que soplan su brisa de fuego… en dirección contraria.  No seas idiota, piensa en el país. 

sábado, 15 de julio de 2017

El microondas de Tancredi



Todo arrancó con una fotografía que encontré hace unos días colgada de una blanca pared. Aparecen Luchino Visconti y la Callas. Ella está de espaldas, él alza los brazos. La imagen pertenece, creo, a los ensayos de La Vestale en La Scala, en 1954. La instantánea me fulminó. Y como el verano, ya se sabe, avanza cual la geometría de su consonante -esa uve que desgarra y fractura- sentí necesidad de acudir al italiano, del que sólo había visto Muerte en Venecia (1971). En tiempos de adanismo, el mío no está injustificado, así que puse manos a la obra. Opté por El Gatopardo, su adaptación del novelón de Lampedusa, un libro cuyo espíritu recorre estos tiempos como una advertencia. O un pinchazo. 

En tiempos de adanismo, el mío no está injustificado, así que puse manos a la obra. Opté por El Gatopardo de Visconti

Elegí una noche de sábado para El Gatopardo. La versión de Visconti dura tres horas y 25 minutos, que subieron a algo más debido a las veces que detuve el vídeo para congelar fotogramas excepcionales. Aquellas cortinas que vuelan en los palacios de Donnafugata. El soldado muerto como un Cristo bajo un árbol de frutos rojos. La belleza exagerada de Angélica... La decadencia del Príncipe de Salina se me antojó preciosa, como una tarta derritiéndose bajo el sol. Sentí ya no que habitaba un fin de siècle -mi generación ni soñaba con asomarse- sino algo peor: que era una descastada. Vivo en un mundo en el que no hay tiempo para ver un largometraje de 200 minutos y los aristócratas marxistas que dirigen óperas han desaparecido. 

El Gatopardo se estrenó en 1963, hace 54 años. Mi edad cabe (casi) dos veces en esa cifra. La estampa política de la reunificación italiana de Lampedusa adaptada por Visconti se convirtió en un clásico del cine, aunque hay quienes dicen que ha envejecido mal. Que Burt Lancaster luce afectado. Que dura demasiado. Que no se sostiene. Acaso, en el fondo, porque el síndrome Tancredi siempre se abre camino, envejeciéndolo todo a su paso. Estrenada cinco años después de la salida de novela –que se publicó de manera póstuma en 1958-, esta versión que hizo Visconti de El Gatopardo incluyó al norteamericano Burt Lancaster -una imposición, dicen, de la 20th Century Fox- como el Príncipe de Salina; al francés Alain Delon como Tancredi y la italiana Claudia Cardinale como Angélica, hija de Don Calogero Sedàra, un prestamista y usurero de una burguesía en ascenso.

La estampa política de la reunificación italiana que compuso Lampedusa se convirtió en un clásico del cine, aunque hay quienes dicen que ha envejecido mal

Visconti eligió la historia del Príncipe de Salina que contó Lampedusa; su carácter clásico es rotundo. Acaso por eso (a pesar de su exagerada duración o su tono estetizante de tarta bajo la solana) la película de Visconti despertó en mí la misma fascinación que me produjo la única novela de aquel ciclópeo escritor. Así como el Príncipe de Salina intenta preservar a su familia y su clase social de los tumultuosos cambios con la llegada de las tropas de Garibaldi, sentí que el tiempo del que provengo sólo se prepara para su propio ocaso. Detesté al Tancredi de Lampedusa y ahora, claro, al de Visconti. No porque Alain Delon me disguste, sino porque algo recalentado hay en su irrupción. En el descubrimiento del agua tibia que -ahora sí- le tocará a él.

Rechazo el Tancredismo ajeno y propio. El que me ha tocado vivir a mí tiene un sabor correoso, industrial. Un algo que ni revoluciona ni alimenta

Quizá por la sensación de habitar un mundo fotocopiado, una versión sin tóner con respecto a otros que tampoco me quedan tan lejos -el de aquella foto de Visconti y la Callas, por ejemplo-, rechazo el tancredismo ajeno y propio -aquí caben desde las siglas de partidos políticos hasta la imagen de líderes o países decapitados-. El que me ha tocado vivir a mí tiene un sabor correoso, industrial. Un algo que ni revoluciona ni alimenta y que reina, desclasado y adanista -un poco como yo esta noche de sábado ante la pantalla- atrapado en el bucle de la iniciación. El plato del microondas dando vueltas, una y otra vez.  

domingo, 2 de julio de 2017

Laura y el hombre de plata



Las Ventas. Dos de abril del año 2017. Un hombre de plata y Laura ocupan el centro de la escena. Todo cuanto los rodea centrifuga la sepultura que los recorre a ambos: un chico que mira su móvil; ese hombre de gafas policiales y corbata rosa;  las varas de un picador fuera del encuadre. Una coreografía impresa en un cubo de hielo (siempre a punto de ocurrir). El centro lo ocupan, insisto, Laura y el hombre de plata. Sin mirarse. Él, torerísimo; acaso derritiéndose por dentro. Ella, despojada de su habitual entusiasmo y envuelta en ese fular rojo. Hace frío. Queda un mes para la Goyesca.

Seguro hubo bendición, ¡cómo no! La gracia de asomarse al patio de cuadrillas es mirar a Laura. Sean figuras o debutantes, ella siempre está ahí. Me gusta espiarla mientras administra el milagro de la compasión: verla transferir parabienes sin puntería a aquellos que podrían no salir vivos del ruedo. Y hoy –claro-,  siendo novillada, la ruleta carga dos veces, porque nadie tiene nada qué perder, excepto lo que ya posee. La derrota, o su contrario,  es el resultado de una ración ya de por sí escasa.

Sigo a Laura desde hace dos años. Comparto tendido con esta mujer: el tres. Ella en el bajo; yo en el alto. La veo, la mayoría de las tardes, justo al lado de la bocana de la puerta de los picadores que guardan. La escucho arrojar ‘oles’ como bulas, incluso en las faenas más soporíferas. Pero en este instante, justo en este momento en el que llego pronto a la plaza para olisquear asuntos ajenos, mi mirada se detiene en otro lugar de su nombre. La congelo. La aíslo. Se revela ante mí prendida por el alfiler de la cámara de un teléfono que ve lo que yo no sería capaz.

Ahí están, juntos, el hombre de plata y Laura. Pegaditos a la muerte. A ella, porque la vida se le acaba y al peón porque, ya se sabe, va hacia la muerte y regresa de ella sin tocar pelo. El parpadeo de toros que siempre serán de alguien más. Como a Laura, al hombre de plata no le pertenecen ni los trapos ni la espada, pero ahí está: bailando. Puliendo la hebilla, que dicen en mi ciudad. Desventrarse contra los pitones del astado que nunca será suyo o las agujas de un reloj, el de la plaza, que van a su aire. Yo, mirándolos, recito mi Gil de Biedma. Que la vida iba en serio

Han transcurrido meses desde esta instantánea. Ambos, Laura y el hombre de plata, se mantienen firmes en su gesto, presiden ese mundo que ellos centrifugan. Le hacen  un desplante al tiempo. Pero ésta, claro, es una fotografía. Nada vale. Nada puede. Es, sólo, el breve milagro del que mira… tuerto de entrañas.

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domingo, 18 de junio de 2017

No era su toro



No era su toro. No le correspondía en el sorteo. Pero el azar convirtió su quite al astado de Juan del Álamo en un resbalón. En medio de una chicuelina, el animal pisó el capote y el diestro cayó. Y fue así como el pitón del tercero de la tarde atravesó el cuerpo de Iván Fandiño (1980-2017). La muerte fue a buscarle el costado como los puños al sparring. La punta roma que empujó hasta la pala para perforarle el pulmón. Le quedó aliento a Fandiño para apurar un último intento. "Daos prisa que me estoy muriendo", dijo a su cuadrilla mientras lo llevaban a la enfermería.


La tauromaquia, como la tragedia, convierte la muerte en la advertencia del coro: nos pone los pies en la tierra

Se es torero para hacer geometría con la abrochada cornamenta de un animal. Ocurre, a veces: la bestia se impone y la vida desagua en una herida de la que nadie regresa. Así ha fallecido el matador vasco en Aire-sur-l'Adour, en el suroeste de Francia: con un toro que no era el suyo. Había cortado oreja en su primero de la tarde. Y quien lo mira desde fuera piensa: qué daba tocar pelo cuando el hueso duro coloca el punto y final. Pero, claro, de eso viven los matadores: de jugársela con las capas y cruzarse para enterrar los aceros en el lomo de un trasatlántico.


La tauromaquia, como la tragedia, convierte la muerte en la advertencia del coro: nos pone los pies en la tierra. Los toreros salen a la plaza vestidos de costurones; recubren con brillos y sedas las cicatrices que reparte el oficio. Porque torear es una forma de escalarse con la muerte... la suya y la nuestra. Ese laberinto que descifran, entre el valor y la belleza, los que viven de ir a trabajar con una espada debajo del brazo. En esa travesía, en ocasiones, no llega el hilo del que dispuso Teseo. A veces Ariadna desaparece. Y entonces, nadie vuelve a casa.

La tauromaquia, como la tragedia, convierte la muerte en la advertencia del coro: nos pone los pies en la tierra
Iván Fandiño murió en Francia, un lugar que apreció su torería. El diestro de Orduña (Vizcaya) se abrió paso con embestidas de sacrificio. A pesar de todo, incluso del poco salario que dan las plazas de tercera a quienes sólo quieren torear. Es lo que pasa a los que buscan abrir unas puertas cuando otras se cierran. Y eso quería Fandiño: cincelar la carrera; acallar la dificultad con el sonido que hace la voluntad al chocar contra el yunque del trabajo. Llevarle la contraria al destino cuando las circunstancias se empeñan en estrellarlo. Forjado en capeas, Fandiño debutó sin picadores en 2002. Dos años después, llegó como novillero a Las Ventas. Tomó la alternativa en 2005 y la confirmó cuatro años después. Se enfrentó a los vericuetos del sistema y a las grandes casas empresariales.


Que no lluevan piedras, por favor, sobre esta muerte. Porque la de Fandiño escala la nuestra. Y, aún sin que lleguemos a entenderlo, la redime

No suma el tiempo suficiente para que se cumpla un año de la muerte de Víctor Barrio. Y ocurre esto. La muerte de un hombre ante un toro que ni siquiera era el suyo, que no le correspondía en el sorteo y con el que no escatimó oficio. Morir. La ruleta rusa a la que se exponen quienes cargan el tambor del revólver con la bala de lo bello; aunque, al final, sea el azar quien percuta. La vida mancha, la vida duele, la vida se acaba y a veces de la peor manera. Que ninguna tragedia es higiénica. La vida va a parar a ese desagüe sin estambres del que no vuelven quienes se cruzan ante la vocación. Que no lluevan piedras, por favor, sobre esta muerte. Porque la de Fandiño escala la nuestra. Y, aún sin que lleguemos a entenderlo, la redime.